El FUEGO DE UN NUEVO CANTO "Testimonio"




El FUEGO DE UN NUEVO CANTO "Testimonio"



Testimonio autobiográfico publicado inicialmente en el suplemento literario de periódico El Tiempo,Bogotá,Colombia. Posteriormente fue divulgado en portales noticiosos, blogs y finalmente en el libro "El poder de la música", publicado en 2011 en Estados Unidos, Colombia y otros países.

Es la exposición de una ruta en la que se evidencian vacíos existenciales y en consecuencia, el desahogo social, vertido en múltiples formas de destrucción. Después de vivir en un escenario sombrío, la experiencia da cuenta de cómo se rescata y ese conocimiento, técnica y dominio instrumental  de diversos ritmos, lo emplea ahora para restaurar vidas.


            El FUEGO DE UN NUEVO CANTO

He vivido con mucha intensidad la música, debido quizá a mi ancestro materno. En efecto, mi bisabuelo, el maestro Roberto Pineda Duque, autor importante del folclor colombiano, fue el compositor del himno de Bogotá y, además, un gran académico.

Por mi parte, cumpliendo mi labor como periodista, he sido un investigador y divulgador del rock y el jazz, y en los últimos años de la música gospel en sus diversos géneros.

En verdad, no es fácil contar con objetividad y sin apasionamientos lo experimentado a lo largo de más de 20 años de trajín dentro del tortuoso laberinto del rock y demás estilos vanguardistas. Aunque suene increíble, desde que acepté al Señor Jesucristo en mi vida hace 18 años todo empezó a girar de otra manera. Fui arrancado literalmente de todos mis caprichos roqueros y del apego al pasado.

Cuando tenía 13 años me empezó la fiebre por el rock pesado. En el Instituto San Bernardo de La Salle, donde cursé Secundaria, pasaba mi tiempo con los discos de mis grupos de rock favoritos, que eran mis ídolos (Black Sabbath, Deep Purple, Cactus, War Horse, Alice Cooper, Budgie, The Who, etc.). Los intercambiaba con mis compañeros de colegio, y destinaba buena parte del dinero que me daban en casa para refrigerios a comprar más música y afiches, con los que tenía empapelado mi cuarto.

Con algunos de mis compañeros del colegio “lasallista”, conseguí discos de las bandas inglesas Black Sabbath y Deep Purple, me hice amigo de la persona que manejaba el sistema de amplificación, y fue así como en las horas de recreo, llevaba la música y la colocaban para todo el estudiantado. Los “curas”,  nunca me hicieron reclamo. Eso sí, tenía fama de ser el “rockero duro”, además por las “pintas” estrafalarias  que vestía.

En una ocasión mi padre me castigó por mi rebeldía donde más me dolió: Me rompió los finos afiches importados que tenía pegados en la pared: The Who, Led Zeppelin, Black Sabbath, Jimy Hendrix, etc. Sufrí mucho y este hecho fue distanciando los afectos por mi padre.

También sufría mucho cuando obligatoriamente tenía que asistir a una fiesta familiar o de amigos con música tropical, pues nunca me interesó aprender a bailar esa música, me parecía ridículo. Ciertos géneros muy suaves, “acaramelados” y discotequeros de la música“dance” y de la radio comercial me parecían muy cursis y frívolos, basura. Ni hablar de la música tropical bailable, a la que consideraba vulgar, basura insoportable y “chucuchucu” barato.

Por el contrario, me deslumbró el virtuosismo del rock progresivo británico, francés y alemán. De estos géneros musicales capté conceptos y técnicas de interpretación en la batería, instrumento que aprendí a tocar con mucho sacrificio.

En otras palabras, desde que era casi un niño me declaré un rockero empedernido, tal vez porque en el estridente y compacto sonido me sentía identificado y buscaba desahogar mi rebeldía, los conflictos familiares y traumatismos propios de un padre adicto al alcohol, y los fracasos que tuve en mi juventud.


DISCIPLINA ATLÉTICA

Pese a que no tuve problemas de drogadicción ni de alcoholismo, me transportaba con frenesí cuando me encerraba a escuchar música a todo volumen. Si embargo, otra pasión me movió desde muy joven, el deporte, que fue como un cinturón de seguridad para mi salud física y mental.

En efecto, desde mi adolescencia empecé a practicar el atletismo, primero como deportista de alta competencia en la Liga de Bogotá, como corredor de semifondo en pista, con rigurosa disciplina y sacrificio asesorado por mis entrenadores oficiales. Obtuve algunos trofeos y medallas en campeonatos distritales. Sin embargo, nunca he abandonado la disciplina deportiva, para mantenerme en buena condición física.

Solo en contadas ocasiones y por simple curiosidad probé la marihuana con algunos de mis compañeros del colegio (con quienes también me reunía a oír música), pero como sus efectos me producían sensaciones desagradables, le cogí miedo a la hierba. Sin embargo, el rock pesado obraba como un narcótico que me sacaba de la realidad por unos momentos. Para “elevarme” a la “quinta galaxia” con el rock sicodélico de Pink Floyd, o la música cósmica de los alemanes Tangerine Dream, me fumaba un “vareto” de marihuana, y me encerraba en mi cuarto para el “viaje musical”, pero con el temor que mi familia me descubriera en ese estado.  Si, la música era mi única compañía, con la que intentaba llenar mi soledad, la depresión y los serios conflictos familiares entre mis padres.

Doy gracias a Dios que fui educado con mano fuerte por mi padre, un técnico en maquinaria agrícola, que me levantó disciplinadamente trabajando en un taller, debajo de los tractores o arreglando las máquinas de las haciendas. En este marco se fue gestando mi vocación por la música, pese a su oposición.

A los 14 años de edad, una mañana me escapé de casa con la obsesión de asistir a mi primer concierto de rock, en unos festivales que se organizaban en un teatro al aire libre, al pie de los cerros de Bogotá. El consumo de marihuana y pepas sintéticas alucinógenas entre los asistentes era impresionante, a pesar de la presencia de la policía. Muchos quedaban tendidos en el piso, en trance absoluto bajo los efectos de la droga.  La policía los recogía para trasladarlos a los hospitales.

Como gran anécdota de la época, recuerdo que salí en primera página de un diario amarillista de Bogotá, sentado al pie del escenario, mientras escuchaba al superpesado cuarteto “Belcebú”, uno de mis favoritas, junto con “La banda del Marciano”. La leyenda de la foto hacia mención, en términos sensacionalistas, del ambiente de  locura y droga que se vivió en el festival de rock, todo un escándalo para la sociedad y las autoridades.


PASIÓN POR LA BATERÍA

Fue entonces cuando me entró la locura, la verdadera fiebre por la batería. Desde niño me apasionó el ritmo y la percusión. De hecho, a mis compañeros de colegio les presumía que yo era baterista. Les hacía la demostración palmoteando un ritmo en el escritorio del profesor.

En un desfogue adolescente, empecé a golpear empíricamente en mi batería imaginaria con unos palos, con almohadas y cobijas, mientras oía a todo volumen a mis bandas favoritas. Me tocaba estudiar a escondidas con canecas y cartones, que hacían las veces de tambores y platillos.

Las baquetas las fabricaba con varas de café, a punta de cepillo y lija. Aprendí a leer la partitura con la ayuda de otros colegas. En 1979 pasé a integrar por primera vez una banda de hard rock, al lado de William Fierro, un cantautor que se radicó en Suiza hace más de 20 años. Posteriormente pasé a otros grupos de rock pesado (como, por ejemplo, la banda Sabotaje, integrada por estudiantes del conservatorio de la Universidad Nacional), con profesionales de la escena bogotana.

Con el tiempo y por las exigencias del medio, aprendí a tocar otros estilos más suaves, como el jazz fusión y el sonido latino. Al fin y al cabo era mi trabajo y por eso me pagaron en tabernas y pizzerías donde toqué.

A mediados de los ochenta viví la primera pesadilla como músico de rock, en una época de frecuentes disturbios e inseguridad en los escenarios. Durante un concierto en el restaurante-taberna campestre “Rancho JR”, cerca de la población de Chía, a 20 kilómetros de Bogotá, donde tocaron también otras agrupaciones, se armó una trifulca entre los asistentes embravecidos por el alcohol y las drogas que terminó con destrozos y heridos graves. Mientras tocaba con el grupo Neptuno, se estrellaron dos botellazos en la pared y cerca de mi cabeza. De repente llegó la policía, se fue la luz y gateando angustiado en medio de la balacera y la oscuridad salí como pude con los demás del grupo.

NEPTUNO


De izquierda a derecha: Jorge León (batería), Camilo Ferrans (Guitarra, voz líder), Gustavo Erazo (Bajo), Jairo Ortíz (guitarra, voces).

Durante una presentación en otro concierto realizado en el teatro del colegio La Salle, a finales de los ochenta, un corpulento y eufórico metalero se subió al escenario y empezó a palmotear agresivamente en los parches de mi batería. Afortunadamente la fuerte y progresiva música que tocamos lo calmó y terminó como manso cordero, ayudándome a cargar la batería al final del concierto.

Debido a las precarias medidas de seguridad, algunos de los asistentes le prendieron fuego a las cortinas del auditorio. La policía llegó cuando ya había pasado todo.


PESTILENCIA


1988-De izquierda a derecha: Héctor Buitrago (bajista), Francisco Nieto (Guitarrista), Jorge León (baterista); Dilson Díaz, cantante.

Una vez que terminé mis estudios universitarios, que costeé trabajando, empecé a ejercer como periodista en el Diario La República, especializado en economía y posteriormente en comunicaciones del Idema, instituto encargado del mercadeo y comercialización de productos agropecuarios.

Trabajé allí dos años, hice ahorros y viajé a Suiza en 1984 para hacer realidad el sueño de mi infancia: conocer a las grandes estrellas de rock. Así sucedió. Incluso pude tocar en la ostentosa ciudad de Laussane con músicos europeos. También en Suiza realicé la cobertura periodística de los festivales de jazz y rock de Montreaux y Nyon, en calidad de enviado especial del diario El Tiempo, el medio de comunicación más influyente de Colombia.

Conocí de cerca a varios grupos punk, post-punk y los de la llamada “onda siniestra”, vestidos de negro, con uñas y labios pintados de negro y con una palidez extrema, como cadáveres. Es decir, la experiencia en Europa fue extraordinaria.

Cuando regresé a Colombia, en julio de 1986, entré en contacto con un género musical muy fuerte y rápido llamado hardcore metal, al integrarme como baterista a un incipiente proyecto musical punk llamado La Pestilencia, de Bogotá.

El choque musical fue violento, ya que desde hacía varios meses trabajaba con un grupo de jazz latino y música popular en una elegante pizzería del norte de Bogotá. Además realicé por esa época un programa de rock y música de vanguardia en la emisora de la Universidad Javeriana, y colaboré en la oficina de prensa de la Federación Nacional de Cultivadores de Palma, Fedepalma, gerenciada en ese entonces por Antonio Guerra de la Espriella, quien sería después senador de la república.

Como afiebrado melómano leía cuanto encontraba sobre rock, música industrial o avant-garde. Incluso cuando empecé a oír “música de la nueva era” incursioné en el yoga con la organización Brahma Kumaris, para buscar paz interior. De hecho fui vegetariano durante varios años y me reunía con un grupo de meditación trascendental a recibir “revelaciones” brahmánicas. Sin embargo, esta experiencia fue muy pasajera puesto que mi vacío interior y desorientación seguía igual.


METALERO FEROZ

En mi búsqueda musical como rockero empedernido y amante de la música fuerte, de un momento a otro resulté metido de pies a cabeza dentro del salvaje y áspero galpón de la música metálica.
Durante 1987 y 1988, época en la que Colombia vivió un momento crítico debido al narcoterrorismo y los poderosos carteles de la droga, que tenían aterrorizado al país, La Pestilencia inició sus presentaciones ante la sociedad marginal, y con ello presencié la desesperada realidad de un sector de la juventud capitalina.

En 1987 se dieron los primeros conciertos en diferentes locales, y en poco tiempo el grupo logró un buen número de seguidores. Todos se reunían a desahogarse furiosamente unos con otros a través del pogo (saltos y choques violentos entre sí). Este agresivo ritual de origen anglosajón se impuso primero en Medellín. Nuestros seguidores se enloquecían desde el primer compás.

Casi siempre la policía llegaba a interrumpir el concierto y dada la tensa situación, nos requisaban encañonados y nos obligaban a terminar el “recital” en medio de impresionantes dispositivos de seguridad. Tuve miedo de perder la vida o quizá que hubiese un herido grave en uno de nuestros conciertos.
La filosofía anárquica de las canciones contenía mensajes contra la corrupción social y administrativa, pero también reflejaban la situación que vivía el país. Durante un concierto en la Universidad Nacional, se desató una batalla a piedra y botella entre estudiantes y nuestros seguidores punkeros y skin heads.

Milagrosamente no se metieron con nuestros equipos, pero nos llevamos tremendo susto cuando estalló cerca del escenario un petardo. Los directivos de la Universidad nos sacaron en carros oficiales. Otra invitación inolvidable fue la de un festival punk en Copacabana, cerca de Medellín. El concierto se realizó en un abandonado coliseo rodeado de gallinazos. Me impresionó las largas filas de punkeros chupando sacol (pegante a base gasolina) y alelí (alcohol antiséptico con gaseosa) y fumando marihuana.

Adentro, el pogo era demencial y sangriento, tanto entre hombres como mujeres. Algunos portaban manillas con chuzos. En las chaquetas de muchos figuraba un escalofriante lema: “No futuro, no esperanza”.

Como no había garantías de sonido ni de seguridad, esa misma noche nos regresamos en bus para Bogotá, pues la muerte rondaba aquel lugar. Otra de las fantasmagóricas experiencias con La Pestilencia ocurrió durante una presentación en el coliseo El Campin, de Bogotá, en 1988.

El concierto se llamó “Calavera Rock-1” y asistieron agrupaciones de Medellín y Bogotá con nombres de pesadilla: Féretro, Reencarnación, Darkness. La pista fue transformada en un cementerio con tumbas y criptas. En el centro estaba el escenario. Aunque la propuesta ideológica de La Pestilencia no encajaba con aquella escenografía, a regañadientes tocamos pues se tenía un contrato.


CAMBIO DEFINITIVO

En el 89 realizamos nuestro primer disco. No me importó que al año siguiente el trabajo tuviera repercusión nacional e internacional. Actualmente esta legendaria banda está radicada en Estados Unidos, cuenta con varias producciones discográficas y con frecuencia salen sus videos en MTV y los medios alrededor del mundo.

La razón por la cual renuncié a esta banda metalera es que ya no me sentía bien en ese ambiente. Sin embargo, más adelante entré al grupo metálico Excalibur, amigos con una calidad humana excepcional. Toqué en varios conciertos con ellos, así como en giras cortas. Recuerdo un concierto especial en un parque, al lado del grupo norteamericano Autocontrol.


EXCALIBUR


De izquierda a derecha, Jorge I. Romero (guitarrista Carlos Romero (Bajista), Aldo Castillo (Vocalista), Jorge León (baterista).

En 1991 pasé al cuarteto Delia y los Aminoácidos, etapa preliminar de la banda internacional Aterciopelados, nominados a premios Grammy en dos ocasiones. Tocamos un año en un bar de La Candelaria, con noches al estilo del underground europeo, con personajes de negro parecidos a los vampiros. Mucha bohemia en un ambiente de frivolidad e imágenes ocultistas.


"Delia y los Aminoácidos" en su sede central: "Barbarie", bar de rock alternativo de vanguardia a comienzos de los noventa en la zona histórica de Bogotá, a pocas cuadras del palacio presidencial. De izquierda a derecha: Héctor Buitrago (bajista), Andrea Echeverry (cantante), Jorge León, batería), Aldo Castillo (guitarra). 

Mi última salida a escena del rock capitalino la hice con el grupo pop Estrato Social, en la primera versión del festival internacional “Rock al Parque”, al lado de un grupo español.


INVITACIÓN A UNA IGLESIA

Un colega periodista me invitó a una iglesia cristiana, y después de alguna insistencia acepté. Una de las razones era que quería buscar a Dios, aferrarme a algo y calmar mi ansiedad y profunda tristeza. Un desengaño amoroso hizo pasar por mi mente varias veces la posibilidad del suicidio.

Un sábado llegué a esta iglesia un poco escéptico. Lo primero que me impactó fue ver las expresiones de alegría de las personas que bailaban, cantaban y saltaban como enloquecidas con estandartes, exaltando el nombre de Jesucristo.
Pese al choque que me produjeron estos “fanáticos”, sentí paz y tranquilidad, y por eso continué asistiendo. Empecé a ver de otra manera las cosas. El odio y la amargura que habían echado raíces en mí fueron desapareciendo.

Con el transcurrir del tiempo perdoné a los que me habían hecho daño. Un cambio real se estaba operando en mi vida. Entonces, en una confesión pública, acepté al Señor Jesucristo como mi único y suficiente salvador, y empecé al recibir la Palabra de Dios en la Comunidad Cristiana de Fe, lugar que me vio nacer de nuevo y donde Dios me libró primeramente de una depresión que tenía desde mi adolescencia, a causa de los problemas familiares.

Durante varios años le he servido al Señor como baterista del grupo de alabanza de esta congregación, así como también como integrante de algunas agrupaciones de pop-rock cristianas y, además, participé en la grabación del disco: “El tiempo de la canción”, del cantautor José Rueda, un hermoso canto de alabanza.

Actualmente formo parte de una banda de pop/rock alternativo, al lado de jóvenes talentosos de varias congregaciones cristianas de Bogotá.


NUEVA DIMENSIÓN MUSICAL

Mi primer encuentro con la música cristiana como baterista sucedió al integrarme a una agrupación con músicos de otras congregaciones. El grupo se llamó Bajo la Gracia, y hacíamos balada pop y rock. La cantante era una actriz de televisión que actualmente vive en Estados Unidos.

Nunca olvidaré la primera presentación en una congregación de Bogotá, con el auditorio repleto. Perecía un sueño ver todo ordenado, era como estar en el cielo. Me acordé del ambiente infernal de destrucción de los escenarios del metal y del punk. Me encontré con el guitarrista y compositor Jorge Barco, sobrino del ex presidente de la república Virgilio Barco, con quien toqué alguna vez en un estudio con su grupo Ship. Estaba formando un grupo cristiano en Miami.

En 1995 tuve el privilegio de tocar con una orquesta de músicos de varios países en el estadio El Campín, en un evento cristiano. La sensación fue indescriptible: una multitud de manos levantadas clamando al sonido de trompeta y tambor por la paz de Colombia, y para que el amor de Cristo reine en todos los rincones de la patria.

La otra parte del milagro en mi vida se operó sobre algo que quería como mi mejor herencia. Me desprendí sin sentimentalismos de una colección de más de 3 mil discos rigurosamente clasificados y 700 casetes, que había conseguido a lo largo de muchos años. No quería saber nada de lo que me atara al pasado. Al fin y al cabo esto no había llenado mi vacío, solo quedó el recuerdo del conocimiento y la técnica que todavía aplico a mi instrumento.


REFLEXIONES

Decía el colega Eduardo Arias en el artículo “Cruzadas contra el rock” publicado en el periódico El Espectador que es muy fácil echarle la culpa al rock de todos los problemas de la juventud, cuando el asunto de fondo está en la educación.

Añadía que nunca se cuestiona la estrecha relación entre la música tropical y el consumo de licor y otras drogas socialmente aceptadas, que provocan tantos muertos y trifulcas, y que generalmente tienen como telón algún vallenato, bolero, ranchera o merengue.

“Sin embargo –escribió Arias–, jamás se han emprendido brigadas moralistas contra estos géneros musicales que incitan al desamor, el suicidio, la depresión y el desespero. El doble sentido, la perversión y la pornografía suelen aparecer en el ‘chucuchucu’ y en incontables ejemplos de porno-salsa y merengue-cama, que suenan continuamente en la radio sin que nadie proteste”.

Este es el lastre que carga un sector de la población colombiana, que solo tiene en este medio a su único escape, poniendo en entredicho su salud mental.


ROCK, DROGAS Y MÚSICA TROPICAL

No es un secreto que el rock ha mantenido estrecha relación con la droga. Mucho se ha escrito sobre el tema. Es el pesado lastre que ha cargado este lenguaje universal, con el que se han identificado millones de jóvenes. Empezó con Leary, llamado el “profeta de los alucinógenos” en los sesenta, época de la sicodelia de moda otra vez en los noventa.

Y aunque es llover sobre mojado, hay incontables casos de muerte, suicidio y otros accidentes inducidos por el escape desesperado entre rock, depresión y droga tanto de estrellas como Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison, John Bonham, Kurt Cobain y el cantante de la banda INXS, así como de otros jóvenes desconocidos.

Sin embargo hay quienes han podido ser rockeros a punta de jugo de naranja y yogurt. En esto no se puede generalizar. Todo depende del ambiente, de la educación, del hogar, de los principios.

Nuestra sociedad mojigata e hipócrita aún no se escandaliza por el elevado consumo de licor en la juventud, puesto que es la única droga socialmente aceptada. Basta con ver los fines de semana la creciente clientela joven alrededor de las licoreras, aunque es lo mismo en fiestas con música tropical, así como en encopetadas esferas ejecutivas, en rumbas gomelas de tecno, dance, música electrónica y en la pandilla de barrio que escucha merengue dominicano, el insoportable y antimusical reggetón, vallenato o salsa.

Ciertos géneros como la llamada “música del despecho” inducen al licor y al suicidio como salida de la soledad. La música, como poderoso canal, es utilizada con ramplonería y mal gusto para pervertir, sin que nadie diga nada y sin ningún control en la difusión.

Tanto se habla de la salud mental, pero no se hace nada. El conflicto de fondo sigue siendo el enorme vacío interior, que busca llenarse con lo primero que se encuentre. Muchos se hallan solos, llenos de odio y carentes de amor y compresión. A esto hay que agregarle la falta de una adecuada formación en los jóvenes (sin llegar a la represión) que los ubique como servidores honestos de la sociedad. El hecho de brindarle facilidades al joven no indica que se le está dando amor.

Es por eso que a una edad temprana muchos piensan en el suicidio, porque ya lo han probado todo y la vida no les sabe a nada. Es la llamada Generación X, que se debate en la incertidumbre con una mente vacía, seguramente enceguecidos en el engaño de las cosas pasajeras, no han apuntado a un ideal alto ni han buscado la ayuda de Dios para darle un nuevo y definitivo rumbo a sus vidas.

“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí que todas son hechas nuevas”, 2 Corintios 5:17.




8 comentarios:

  1. Wow, realmente un Testimonio impactante, lleno de verdad, Gracias a Dios, que nos alcanzó y nos rescato de una vida vacía y sin sentido, y nos ha dado la Música para agradecerle. Felicitaciones.

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  2. Hola Melly, muchas gracias, es un privilegio haber sido rescatado de la agonía en que estaba. Qué sería de mi si mi Dios no me hubiera rescatado. El compromiso es muy grande, y lo que por gracia he recibido en mi caminar en Cristo, la mejor decisión de mi vida, debo darlo a otros. Dios te bendiga.

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  3. Muy completo, impactante y edificante incluso retador. Creo que si una de las alternativas que tiene la música es expresar lo que hay en el corazón del ser humano deberíamos poner más atención a todo lo que de una u otra manera manipule los sentimientos y emociones que al final determina nuestra manera de vivir. FELICITACIONES, EXCELENTE TRABAJO.

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  4. Henry, muchas gracias. En mi libro, "El poder de la música" que se publicó en 2011 en Estados Unidos, Colombia y otros paìses, y que participó en la feria internacional "Expolit" en Miami, un estudio que me llevó más de tres años de investigación con la asesoría de varios profesionales, e investigaciones clínicas en varias partes del mundo, responde en profundidad sus inquietudes,así como sus raíces espirituales, basadas en La Biblia. Puede preguntarlo en librerías CLC. Gloria a Dios. Un abrazo.

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  5. hola buenas noches ,es muy buen articulo , un testimonio lleno de vida y de experienxias,pienso que Dios te guardo siempre fuiste luz para muchos,logre conectarme mucho con la lectura al entender cosas de la juventud los vacios, los ambientes y los conceptos musicales y pienso mucho en algo y ses que el rock y el metal no son excusa para culpar de lo mal que se ve , es un asunto mas cultural y educativo cosa que tratar de cambiar para mejorar resulta dificil. Es muy bueno que hoy en dia seas el motor de impulso para muchos que vean mas alla de los problemas las musica y de una mentalidad cerrada y llena de desconsuelo algo que me gusto mucho fue la conexion con fechas de tus vivencias y el registro de situaciones importantes por la que pasaba el pais entre situaciones de guerra me agrado mucho tu artucilo que dios te siga bendiciendo.

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  6. Muchas gracias por tus palabras, me honran. Deseo de todo corazón que el mensaje de esta historia contribuya a edificar tu vida, renueve tu fe y te anime a seguir hasta la meta. Deseo que Dios conceda los deseos de tu corazón, te proteja adonde vayas y que goces de buena salud. Dios te bendiga.

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    1. Muy buenas palabras sobre todo en el siguiente párrafo escrito:
      Tanto se habla de la salud mental, pero no se hace nada. El conflicto de fondo sigue siendo el enorme vacío interior, que busca llenarse con lo primero que se encuentre. Muchos se hallan solos, llenos de odio y carentes de amor y compresión. A esto hay que agregarle la falta de una adecuada formación en los jóvenes (sin llegar a la represión).
      Entonces porqué demuestra cierto nivel de intolerancia a los que se le quieren acercar y tratar de temas que no son en especial los religiosos.

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  7. Hola Jorge me da mucho gusto saludarte por este medio y felicitarte,te envió un abrazo y te deseo que sigas produciendo tus libros que son de mucho conocimiento para aquellos que estamos en la música siempre

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